
CARACOLA
Subo y bajo por la escalera pentatónica
que lleva de tu cadera izquierda a tu clavícula derecha
sin otro anhelo que el de amarte hasta donde nunca antes amé.
Como un arqueólogo de los suspiros,
volteo por colinas descendentes hasta las tostadas llanuras de tu vientre
sorbiendo beso a beso corcheas de un verso incontestable que anega la fuente de los bardos
para luego recorrer el camino inverso
en ambos sentidos, volviendo a ascender
por la rampa de tus dunas tendiendo puentes de saliva entre el ahora y la eternidad,
resolviendo en ochos infinitos el camino de los sabios,
trenzando en tu cuerpo de arena la constelación del mandala que abre la flor de todos los secretos.
Tu piel levanta melodías imposibles en un crescendo doloroso,
olas inauditas,
más allá del oscuro océano que despliega alas blancas en tu espalda,
en ese horizonte de luz donde perdí el norte de mis juegos y las dudas de mi alma de niño candoroso
para convertirme en un marinero extraño, esclavo de tus días y tus noches,
engullido ya para siempre por la bruma que borra los lindes entre el cielo y el infierno,
un hombre al cabo, transido de mar,
de rumbo extraviado
y una cárcel invisible por navío.










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